TU CASA ES DONDE TE QUIEREN

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La familia.... ¿verdad que resulta increible que algo tan común haya sido últimamente sometida a los más enconados y encendidos debates? Desde sectores cercanos a la Iglesia se asegura que la sociedad actual va directa al caos más absoluto y demencial por culpa de la disgregación de esta sagrada institución que, según el incontestable libro del Génesis, Dios instituyó al principio de los tiempos. Se ensalza la familia como célula básica de la sociedad, irrompible, intachable y fija de por vida. Para ello se propone la familia cristiana como modelo insustituible, ya se sabe: el padre, la madre, los hijos (cuantos más, mejor) y los abuelos (porque eso de que los ancianos se vayan a una residencia limpia, alegre y donde se les atiende divinamente es la mayor de las crueldades). Ésta es la familia cristiana, la única válida, la tradicional, la de toda la vida. Se nos presenta como un acogedor nido de felicidad, repleto de comprensión y cariño. Se tapan, por tanto, tragedias y atrocidades de todo tipo que, aunque nos la intenten dar con queso, sabemos que se producen "hasta en las mejores familias". En contraste con este apacible remanso de paz, se opone la crueldad de los tiempos actuales: familias rotas, niños abandonados, víctimas de las luchas de sus padres y, por supuesto, la mayor de las lacras, esas "uniones raras" como los matrimonios homosexuales o la simple convivencia de una pareja. Visto así, cualquiera se alinearía en las filas de la familia tradicional sin pensarlo un momento, para atajar el caos que se nos avecina.

Pero, por favor, antes de tomar la bayoneta y apuntarse al Foro de la Familia para defender España de la corrupción moral más flagrante, tal vez sea recomendable revisar el concepto de familia. ¿Qué es una familia? Tal vez tras este análisis, llegaríamos a la conclusión de que la familia cristiana es un concepto demasiado cerrado. Yo enfocaré el análisis desde un punto de vista muy sencillo, concretamente desde donde surgió este artículo: una frase de una miniserie.

No sabría concretar cuándo vi "Queen, las raíces", sólo sé que por aquel entonces ni siquiera iba a la Universidad, con lo que puedo asegurar que ha pasado ya un tiempo respetable. Trataba de la vida de una de las antepasadas de Alex Haley, el célebre autor de "Raíces". La miniserie en general me impactó bastante, pero lo que más recuerdo de ella, a pesar del tiempo transcurrido, es la frase que da nombre a este artículo y, por supuesto, el contexto en que la protagonista la pronuncia. Queen es hija de una esclava negra y del hacendado de la plantación de algodón donde trabajaba su madre, algo bastante trágico para aquella época y, sospecho, más común de lo que se pudiera pensar. La niña nacida de esta unión es rechazada por los blancos y por los negros (ya se sabe, no es lo suficientemente blanca, ni lo suficientemente negra) y desde pequeña ha de luchar por encontrar su lugar en el mundo. Es admitida por su padre para que haga compañía a su hija legítima (porque, por supuesto,el padre tenía una hija legítima, que los hacendados sureños eran gente muy cristiana y muy decente, faltaría más), pero desde el principio ha de hacer frente a la animadversión de la esposa legal. Ésta logra que Queen abandone la plantación casi al final de la guerra de Secesión, tras la muerte de su única hija, a la que la joven esclava había acompañado durante gran parte de su infancia y adolescencia. Así comienza un duro y azaroso viaje en busca de un lugar al que pertenecer.

Muchos años después, ya establecida en su hogar definitivo, casada y con dos hijos, de los cuales sólo el segundo es fruto de su matrimonio, Queen recibe la noticia de la muerte de su padre, y se traslada con sus dos hijos a la plantación para acudir a su funeral. Allí todo ha cambiado: la prosperidad de antaño se ha trocado en ruina, y la casa central, otrora magnífica con su escalera de mármol, sus cortinas y su excelente decoración no es más que un lugar frío y triste. Por la escalera de mármol desciende la esposa legal para recibirla: va vestida de negro y presenta un semblante amargado; en la mano lleva una copa. Ha estado bebiendo, ¿para ahogar las penas por la muerte de su esposo? Algo en su actitud y sus palabras nos dicen que no. Arroja a Queen de sus propiedades con malos modos,  dejando claro que no pertenece a ese lugar, que nunca ha pertenecido a él. Ella sale de la plantación con sus hijos. Uno de ellos, seguramente extrañado al sentir el contraste entre lo que su madre le relataba sobre esa casa y la cruda realidad, le pregunta "Pero, mamá ¿no es ésta tu casa?" La madre responde entonces firmemente "No, hijo, tu casa es donde te quieren".

Creo que es una premisa tan clara que nadie le pondría objeciones. El ser humano lucha siempre por sentirse querido, y toda la psicología nos dice que un niño sólo será feliz si se encuentra rodeado de afecto. Sería absurdo suponer que sólo una familia que se ajuste a los cánones eclesiásticos es capaz de crear ese ambiente de afecto. Es más, la experiencia nos dice todo lo contrario: a lo largo de años, de siglos, tras la fachada de muchas honorables e irreprochables familias cristianas se ocultaba todo un tormento de desamor, de indiferencia, de maltrato, de sometimiento. Desengañémonos: el ser humano tiene las mismas pasiones hoy que en el pasado. También en el pasado ha existido el desamor, los matrimonios desgastados por el tiempo, los maltratadores... Todo lo que de verdad desgasta a la familia es muy viejo, pero hasta ahora se mantenía oculto. Hasta hace bien poco se sonreía de puertas hacia afuera a pesar de las ganas de llorar o de huir, se maquillaban hematomas delatores, pasiones prohibidas e inclinaciones que todavía algunos siguen considerando enfermizas. Tras esta reflexión, ¿qué debemos pensar que teme la Iglesia, los ataques a la familia o el descubrimiento de la podredumbre interna de tantos y tantos sepulcros blanqueados?

Yo apoyo a la familia, por supuesto. Me parece que es uno de los pilares más efectivos del ser humano, y a menudo su única fuente de cariño. Pero por eso mismo apoyo a las familias en que sus lazos únicamente son los del afecto, no los de las convenciones humanas (que no divinas) o los de la firma antes del convite en el salón de bodas.

Recientemente he leído un artículo en el País Semanal sobre la sociedad de Islandia. Es un país que registra unas altas tasas de divorcio, y unos niveles todavía más altos de felicidad y optimismo de sus pobladores. Paradójico, ¿verdad? Muchas de las familias islandesas están compuestas por un complejo mosaico de hijos de varias relaciones y, sin embargo, el engranaje funciona. Según algunos testimonios que leí, los islandeses prefieren abandonar una relación cuando no funciona que obligarse a la tortura de permanecer atados para siempre. ¿Y los niños? En Islandia se cuida enormemente de ellos: aunque los padres estén separados, los niños cuentan con la seguridad total del afecto de toda su familia, no estarán solos ni abandonados, y generalmente se llega a la custodia compartida, por lo que a los chavales jamás le faltará ni su madre, ni su padre. Ya sé que suena a utopía, pero parece confirmar lo que he defendido a lo largo de este artículo: Que el amor, y sólo el amor, es lo que importa en la familia. Que la verdadera familia es aquella que es capaz de transmitir afecto a sus miembros. En definitiva, que es capaz de cumplir con el que es, al fin y al cabo, su propósito originario.

18/04/2008 19:04 Autor: galastah. Enlace permanente. Hay 1 comentario.

COSAS DE LA CASUALIDAD

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Tal vez sean casualidades, pero es curioso como a veces los sucesos se alinean. O tal vez seamos nosotros quienes buscamos esa alineación, aislando partes con sentido en el remolino de la existencia. Tal vez fue eso lo que pasó. No es que sea importante en este caso, ni siquiera digno de mención. Tal vez no debería dedicarle un artículo, pero ahí va.

La concatenación de estos sucesos comenzó el viernes de la semana pasada, cuando mi prima me pidió ayuda para realizar un resumen del capítulo que le había tocado en suerte del libro que está leyendo toda su clase. Mi prima va a 1º ESO, y como a la mayoría de los chavales de su edad, no le llama especialmente la atención el negro sobre el blanco. Una pena, por supuesto, imagino que una pantalla de colorines con marcianitos dando saltos o una conversación superficial en el messenger les resultan más atractivas. También he de reconocer que el libro tenía un nivel un pelín elevado para su edad, o al menos conforme está el patio. Mi prima acudió puntualmente el sábado con su libro y un lápiz (mucho más puntual que yo, que me quedé dormida), y comenzó con la lectura de un fragmento ciertamente interesante, pero que al interrumpir cada dos por tres para preguntar el significado de varias palabras se hizo casi eterno. Lo graciosos fue que al final de la lectura mi prima se declaró pillada por la historia (si es que es lo que tienen algunos libros...). Casualmente, mi hermana le dijo que cuando estaba en la ESO le pasó algo parecido con otro libro que al final le encantó, "Caperucita en Manhattan". Lo sacó de su lugar en la estantería para mostrárselo, y cuando mi prima se marchó, el libro quedó abandonado por ahí. Como casi todo lo que tenga letras es un reclamo para mí, lo rescaté y comencé a hojearlo. Me llamó la atención un apartado al final, en el que se recomendaban otros libros relacionados con la temática de "Caperucita en Manhattan". Dos de ellos pertenecían a Erich Fromm, un pensador de origen alemán; eran "El miedo a la libertad" y "El arte de amar". Me hice con los dos y los miré por encima.

En "El arte de amar" encontré la teoría de Fromm sobre el amor, basado, según él, en una comunicación entre seres libres e iguales (además de un jugoso texto sobre el capitalismo y el consumismo que mis alumnos de ética tuvieron que padecer). Dejaba fuera de la definición de amor las relaciones en que uno de los miembros se erigía como "protector", "guía" o "señor" del otro, y en la cual el otro se siente siempre en relación de inferioridad. También excluía las relaciones "mercantilistas" en las que una persona busca a otra que comparta sus mismos "intereses" (curiosa palabra para usar cuando hablamos de amor), tenga gustos parecidos y que lo "enriquezca" en la misma medida en que ésa persona lo hace. Es decir, un "toma y daca", yo hago esto por ti si tú haces lo otro por mí. De esa manera, voy por el mundo buscando a alguien que reúna varias de mis condiciones al mismo tiempo que sea accesible dada mi situación en el mercado sentimental (¿quién no ha oído nunca la frase "es que él/ella no puede aspirar a alguien más..." ? En los puntos suspensivos van adjetivos como guapo/-a, inteligente... e incluso rico/-a). Pues bien, según Fromm, nada de esto sería amor. El amor simplemente sería una comunicación de la intimidad a otra persona que nos comunica la suya y, por supuesto, en la aceptación total de la otra persona. En los dos primeros casos, según Fromm, nunca conoceríamos el verdadero interior de la otra persona, su "yo" especial y único, y por tanto, no podríamos superar la sensación de soledad que nos amarga la vida cotidiana.

Así que hasta ahora tenemos una concatenación que comienza con el libro de lectura de mi prima y termina con la teoría de Fromm sobre el amor y la comunicación... pero aún hay más, porque este jueves, en el grupo de cine, vimos una película que en cada uno de sus fotogramas me recordaba al señor Fromm y su libro.

"Algo en común" es la ópera prima de Zach Braff, que al mismo tiempo es el actor principal. Interpreta a un joven de veintiséis años que vaga por la vida adormilado a base de litio, que su padre, que actúa asimismo como su psiquiatra, insiste en administrarle. Lleva nueve años fuera de casa, y aunque ha trabajado como actor - su verdadera vocación - en el momento en que comienza la película sirve comida en un restaurante. Su vida está inmerse en una atonía sin sentido, una vacuidad que le impide mostrar ningún sentimiento o sentirlos siquiera. Todo cambia cuando su madre muere - tal vez como resultado de un suicidio - y el joven Lange (así se llama el personaje) vuelve a casa para asistir a su entierro. Al volver a New Yersey, a su barrio de siempre, se reencuentra con los viejos amigos, que van por la vida casi tan aturdidos como él, en trabajos absurdos y en orgías pretendidamente divertidas en las que los porros y el sexo son los principales protagonistas. Como telón de fondo, la presencia culpabilizadora y rígida de su padre, que Lange intenta esquivar.

Pero de repente, por casualidad, y contra todo pronóstico, Lange conoce a Samantha (interpretada por Natalie Portman), una joven vital que revoluciona todo su universo y le devuelve la capacidad de sentir y de ver su rumbo en la vida. Y es en esta relación donde Zach Braff se luce: a través de diálogos certeros, los personajes van desnudando su intimidad, sus miedos y problemas cotidianos, lo que constituye su verdadero yo. Hablan, sin más pretensiones - que es la mejor forma de hablar - y a través de su intimidad compartida, llegan a amarse. La soledad personal retrocede fente a su gran enemiga, la auténtica comunicación. El título, "Algo en común", no hace referencia en modo alguno a una relación mercantilista, sino todo lo contrario: Lange y Sam son muy diferentes, lo único que tienen en común es ese amor que han construido.

La comunicación, el diálogo... ¡Qué lejos quedan! Con nuestras prisas, nuestra ansia por conseguir las cosas ya, rápidamente, nuestra manía de encasillar a los seres, al igual que a las cosas, en las categorías de "útiles" o "inútiles"... esa falta de verdaderos contactos, de verdadero amor (o de verdadera amistad) es lo que, según mi opinión, nos desmorona a diario, y al mismo tiempo, desmorona a la sociedad.

Y la película, como casi todo en la vida, me evoca una canción. ¿Otro eslabón en la cadena?

 

PARA QUE NO SE DUERMAN MIS SENTIDOS

(Manolo García)

 

Háblame en la hora calma de la media noche
Háblame para que no se duerman mis sentidos, háblame
De lejanas tierras donde el único dios sea el sol
Donde se vive al rumor de las hojas del sicómoro mecidas de brisa y calor.

Cuéntame fracasos, vida, rumbos de pintores locos
Háblame de la calima de las noches
Cuando tu amante de amantes huyó
De Cartago a las puertas de Roma, de la Sevilla mora
De claveles de revolución
De las vueltas que da la tuerca,
De los amores que son prisión.

Va y viene mi alma de esponja
Viene y va si tú me hablas,
Si tú me cuentas cosas

Barquera, monte, montera

Viene y va mi alma viajera
Linda zagala, si me quisieras

Va y viene linda barquera
Si tú me miras de esa manera

Háblame en la hora calma de la media noche
Háblame para que no se duerman mis sentidos, háblame
De Cádiz fenicia, de la Córdoba que abrigaba su mezquita,
De Chagall o de los poetas andaluces del destierro
De porqué claveles para una revolución
De las vueltas que da la tuerca,
De los amores que son prisión.

Va y viene mi alma de esponja
Viene y va si tú me hablas,
Si tú me cuentas cosas

Va y viene mi alma guerrera
Viene y va si tú me hablas,
Si tú endulzas la espera

Barquera, monte, montera

Viene y va mi alma viajera
Linda zagala, si me quisieras

Va y viene linda barquera
Si me sonríes de esa manera

Barquera, monte, montera

Barquera, monte, montera

 

Para que no se duerman los sentidos, como dormidos los tenía Lange. Y se despiertan con la palabra, con la comunicación, la base de todo. ¿Continuará la cadena? Quién sabe... son cosas de la casualidad.

 

"LA MÁSCARA DE LA MUERTE ROJA", UN CUENTO SOCIAL

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Leí por primera vez "La máscara de la muerte roja" en un libro de historias de Edgar Alan Poe que me prestó mi profesora de inglés de 1º BUP. El libro, por supuesto, era en inglés, y no contenía la versión original del cuento, sino una especie de adaptación para principiantes. El relato que más me gustó fue, sin lugar a dudas, éste, y fue además el único que quedó en mi memoria. El libro lo dejé cuando estaba leyendo "El misterio de la casa Usher". Me cansé de buscar en el diccionario inglés-español palabras desconocidas a cada párrafo, y además, el librito tenía unas ilustraciones que daban bastante canguelo. He de admitir que nunca he tolerado bien demasiadas historias de terror seguidas.

Sin embargo, "La máscara de la muerte roja" me fascinó, a pesar del incordio que supone leer en inglés y de las ilustraciones góticas que me ponían de los nervios. Poco después, volví a encontrarme con el relato donde menos podía haberlo sospechado... en una canción de Eros Ramazzotti. Para el que no se lo crea, que eche un vistazo a la letra de "Carta al futuro" y luego me cuente.

CARTA AL FUTURO

Eros Ramazzotti

Ésta es una vieja historia que
Se contaba mucho tiempo atrás
Es una vieja historia
Pero algo te dirá

Eran tiempos de oscuridad
Cuando empezaba a soplar
El maldito viento
De una horrible enfermedad

Fué así
Que el príncipe pensó
Encerrarse en su castillo
Con amigos de verdad

Fué así como pensó
Quedarse dentro sin salir
Hasta que cesara ya
Todo aquel miedo
Y toda aquella oscuridad

En el castillo habìa alegría
Y se estaba en buena compañía
No faltó comida
Y danzaban sin parar

No podía nadie imaginar
Que pudiese algún día llegar
El maldito viento
Que les alcanzó al final

Te escribo a ti
Estas cosas que
Son de un pasado que parece no pasar

Todo esto te escribí
A ti que pronto nacerás
Y no se que sucederá
Si este viento habrá abandonado la ciudad...


Yo no sé que mundo encontrarás
Pero en mi deseo tú serás
Hijo de una nueva y más justa humanidad.

 

Cantaba aquella canción como si estuviera contando un cuento, y salía de mí fluida, pues esa historia había pasado a formar parte de mí, sencillamente me encantaba. Años después, fue una de las historias que escogí para contarle a mis alumnos en uno de esos días tontos de finales de trimestre, y para proponer a partir de ella un juego de cadena de cuentos de esos que acaban en una sarta de disparates por la transmisión de boca en boca.

Cuando tras hacer un cursillo de cuentacuentos, tuve que hacer mi debut como narradora oral, en seguida pensé en "La máscara de la muerte roja" para contar a mi auditorio. Al final conté otro, porque había niños, pero en su preparación escribí un análisis del relato en el que me percaté de sus afinidades con la ideología bajomedieval que inspirabab las danzas de la muerte, la muerte niveladora, que se lleva tanto al rey como al campesino.

Me sorprendió que los personajes del príncipe Próspero y sus amigos no son tratados con benevolencia en el relato, no llegan a caer bien al lector. Se los caracteriza con mucha ambigüedad, con una adjetivación desconcertante, combinando los adjetivos positivos con otros que pueden tener una lectura diferente y peyorativa.

- Próspero: feliz, intrépido, sagaz, excéntrico, majestuoso, amor poro lo extraño, gustos singulares, planes audaces y ardientes, ¿loco?, osado, robusto, enloquecido por la rabia y la vergüenza de su momentánea cobardía.

- Amigos de Próspero: robustos, desaprensivos, frenética concurrencia.

- Disfraces (aprobados por el príncipe): grotescos, brillantes, esplendorosos, picantes, fantasmagóricos, figuras de arabesco, incongruentes, fantasías delirantes como las que aman los maníacos, hermosos, extraños, licenciosos, terribles, repelentes, "una multitud de sueños", asamblea de fantasmas, mascarada desenfrenada.

Este aspecto del relato me sorprendió desde la primera ocasión en que lo leí, y siempre me pregunté por el motivo de este tratamiento de los "buenos". Tal vez un fragmento del texto lo explique: "Con precauciones semejantes, los cortesanos podían desafiar al contagio. Que el mundo exterior se las arreglara por su cuenta; entretanto, era locura afligirse o meditar. El príncipe había reunido todo lo necesario para los placeres. Había bufones, improvisadores, bailarines y músicos; había hermosura y vino. Todo eso y la seguridad estaban del lado de adentro. Afuera estaba la Muerte Roja". ¿Es tal vez ese Carpe Diem, esa indiferencia ante el horror de la enfermedad y la desgracia del prójimo lo que Allan Poe castiga con esta adjetivación ambigua y poco amable?

La impresión que el relato da al lector es de que tanto el príncipe como sus amigos escapan de la Muerte Roja por los privilegios de su extracción social, y tras leer los detalles de la fortificación tras la que se ocultan, nace junto al inicial sentimiento de alivio, una vaga sensación de injusticia, que se va acrecentando poco a poco. Hay algo muy sórdido en la manera en que Próspero y sus amigos escapan de la epidemia, de la horrible plaga que asola el país. Son un club de escogidos que, gracias a sus riquezas, se entregan a todos los placeres y escapan del horror, dejando fuera a todos los desdichados que no gozan de la amistad del príncipe. Resulta desalentadora la frase ya mencionada: "Que el mundo se las arreglara por su cuenta; entretanto, era locura afligirse o meditar"

De esta manera, el príncipe, cuyo deber es velar por el bienestar de su pueblo, buscar una solución a la plaga o intentar poner a sus súbditos a salvo, los abandona y se entrega al placer de su búnker personal con sus amigos. Es robusto, intrépido y sagaz, pero no usa ninguna de sus cualidades en el bien común, sino en su propio y egoísta beneficio. Y, por supuesto, no actúa como un abnegado héroe.

A mi entender, la irrupción de la Muerte Roja en la fiesta es una especie de elemento "nivelador", como se solía representar en las danzas de la muerte medievales: del rey al mendigo, todos eran iguales ante la gran niveladora. La Muerte Roja logra imponer la terrible justicia al final del cuento, y aunque cause terror o desaliento, en el fondo, el lector agradece esta justicia, el hecho de que los ricos, los poderosos, los que se sienten por encima del resto, no se salgan finalmente con la suya.

Por estas razones, "La máscara de la muerte roja" me parece un cuento social, uno de esos que contaría un campesino junto a la lumbre en las noches de invierno, teniendo como único remedio a su miseria la venganza y la justicia de la Gran Niveladora.


 

09/02/2008 15:11 Autor: galastah. Enlace permanente. Tema: LA BRUMA DE LOS CUENTOS. No hay comentarios. Comentar.

EN LA CIUDAD DE LOS MUERTOS

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No podían creer que aquello pudiera estar pasando de verdad. Ésa fue la reacción generalizada de los alumnos que visualizaron "Las tortugas también vuelan". No les culpo: aunque yo no dudé de la autenticidad de los hechos que se relatan en la película, comprendo que es difícil aceptar que la realidad pueda llegar a ser tan cruda y despiadada.

"Las tortugas también vuelan" es una película del kurdo Bahman Ghobadi que se alzó con la Concha de Oro del último festival de cine de San Sebastián. Narra la vida diaria de unos niños kurdo-irakíes en un campo de refugiados de la frontera turca. Las condiciones de vida son duras y lamentables, y para "ganarse la vida" estos pequeños se dedican a desenterrar minas antipersona (creo que se entiende porqué he puesto lo de ganarse la vida entre comillas) que después venden o cambian en el mercado negro de las armas. Muchos de ellos están gravemente mutilados: a Pasheo le falta una pierna; a Hangao, los dos brazos. Pero ni la situación de penuria en la que viven ni sus deficiencias físicas les impiden jugar, demostrar auténtica alegría o sentir los primeros amores adolescentes. El mayor exponente de este optimismo es Satélite, un muchacho experto en instalación de antenas de televisión que intenta mantener informadas a las gentes del campo de refugiados de la tensa situación internacional. Satélite es el líder de los chavales del campo en su recogida diaria de minas antipersona y quien habla con los jefes del campo con un desparpajo que pone la nota de humor al film. Sus intentos de conquistar el amor de Astrin resultan enternecedores (las miradas de embobamiento que le lanza a la muchacha son de fábula).

Sin embargo, una historia ambientada en las semanas previas a la invasión americana de Irak, en un clima de expectación permanente por parte de un pueblo perdedor (los kurdos fueron perseguidos con saña por Sadam Hussein) no puede ser optimista. Al contrario, resulta de una crudeza escalofriante. Astrin es el rostro de la tragedia: llega al campamento tras huir del pueblo en que mataron a sus padres. Va acompañada de dos niños, Hangao y Rega, a los que parece unirla una relación fraterna. Hangao carece de brazos, Rega está ciego. Conforme se suceden los acontecimientos, nos enteramos del oscuro secreto de Astrin: Rega no es su hermano, sino su hijo, fruto de la violación de un soldado irakí. Entonces se comprende... su mirada cargada de tristeza, su comportamiento hosco, su rechazo a Satélite, los intentos reiterados de abandonar a Rega, sus fantasías de suicidio, y el terrible deselance de su historia.

Mi personaje favorito, Hangao. Su entereza a toda prueba lo convierte en el héroe de la pelicula. Hangao no tiene brazos, pero con una habilidad única y un valor que no dudaríamos en catalogar de temeridad, desentierra minas antipersona con la boca. Además, posee el don de la premonición, y sus premoniciones le llegan en apocalípticas visiones. Yo no imagino peor maldición que ver el futuro en su situación. Como un trasunto de la mítica Casandra, Hangao ve un terrible y desesperanzador porvenir que no puede cambiar (al igual que la desgraciada hija de Príamo veía la caída de su amada Troya sin poder hacer nada por impedirlo). Su valor y su determinación de seguir hacia adelante resultan estremecedores.

A pesar de las terribles verdades que cuenta, la película es hermosa. Los paisajes son muy bellos: el campo de refugiados jalonado de armas herrumbrosas, los cielos nublados, las desoladas llanuras... introducen al espectador en un ambiente casi onírico, de una melancolía muy acorde con los hechos relatados. Cabe destacar también la actuación de los niños, que no son actores profesionales, sino auténticos habitantes del pueblo en que se rodó, kurdos, realmente mutilados, huérfanos. Tal vez por ello sean capaces de transmitir esa tristeza tan honda en sus miradas.

La película permaneció en mi memoria varios días después de verla, transmitiéndome interrogantes incómodos, cuestiones a las que no sé encontrar respuesta. Por ejemplo, ¿Qué tiene Occidente qué decir a esto? ¿Podríamos juzgar tranquila y cómodamente las motivaciones de estos niños desde nuestros planteamientos acomodaticios y en demasiadas ocasiones claramente dogmáticos? La última escena es tal vez la mejor respuesta: Los americanos "salvadores" llegan al campo de refugiados y Satélite, que antes los idolatraba, se aleja sumido en un silencio amargo y desengañado.

Mientras veía la película, recordé una canción de Ismael Serrano en la que me he basado para poner título a este artículo. Tal vez la recordé porque hace referencia al mundo árabe, tal vez porque en situaciones tan extremas como las que este film relata, existir y morir no son conceptos tan enfrentados como podría parecer, porque muchos vivos quizá ya estén muertos.

 

LA CIUDAD DE LOS MUERTOS

(ISMAEL SERRANO)

En la ciudad de los muertos, donde crecen amapolas,
las mujeres tienden ropa sobre lápidas sin nombres,
los niños entre las tumbas juegan a salvar sus vidas
y se esconden de otros niños, del hambre o de escuadrones.
La ciudad de los muertos ya de mañana agoniza
y no hay quien les represente en las Naciones Unidas.
En todas las ciudades se habita un cementerio
donde se exilian los muertos.
En la ciudad de los muertos no se para el autobús,
cuando la parca se duerma el muerto cenará sin luz.
Un muerto que tirita porque allí siempre es invierno,
te ofrece un cigarrillo, te invita a su mausoleo.
Nadie les tiene en cuenta en el plan nacional,
ni al hacer las estadísticas del Banco Mundial.
En la ciudad de los muertos talaron todos los sauces,
es terreno edificable.
La ciudad de los muertos está rebosando vida
y óxido todas las puertas, la alambrada que lo cerca.
El latido de los muertos ha cruzado la autopista
y está acechando tu casa, quiere sentarse en tu mesa.
Los muertos tan vivos habitarán los palacios,
las calles y ministerios, y los Fondos Monetarios.
De carne y luz de otros tiempos vistieron sus esqueletos,
cansados ya de estar muertos,
de habitar tu cementerio.

08/02/2008 21:43 Autor: galastah. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

CINES CON ZONA VIP

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0,50 céntimos. Ésa es la diferencia entre un espectador normal y un "espectador muy importante", o lo que es lo mismo, una "persona muy importante", pues ése es el significado de las siglas VIP (Very Important Person). No sé cuándo surgió este término, ni cuándo comenzó a utilizarse masivamente por ahí. Lo confieso, al principio no tenía ni idea de lo que significaba, pero eso de "Entradas para la zona VIP en el concierto de ..." me olía a chamusquina.

El término es un insulto a la dignidad y a la inteligencia. Podría escribirse VRP (Very Rich Person) y todos quedarían mejor, porque aunque es una realidad - más o menos triste, ahí cada cual según su ideología - que hay personas más ricas que otras, no veo de dónde se puede sacar que existan personas más importantes que otras. Sigo prefiriendo con mucho el cartelito de RESERVADO que en algunos lugares se pegan en los sitios de honor, aunque sea lo mismo al fin y al cabo.

Pero no escribo este artículo para comentar o criticar el término VIP, aunque se pudieran escribir libros enteros denostándolo, sino para llamar la atención sobre la irrupción de las zonas VIP en el cine. Hace ya algunos meses fuimos al cine en Murcia, en el Centro Comercial Nueva Condomina. Al pasar por taquilla, la chica que nos atendió nos ofreció entradas de la Zona VIP. Quedé un momento fuera de juego, tanto que volví a preguntar, para asegurarme de haber oído bien. Pagué muy mosqueada una entrada normal (al normalísimo precio de 6 €, que según me informó una amiga que tiene más mundo que yo, es barato en otras capitales españolas) y la sensación de incomodidad no se me fue en toda la tarde. Miré con auténtica rabia las tres o cuatro filas, totalmente vacías, de la zona VIP. Pues sí, era cierto: las mejores filas del cine desaprovechadas porque están reservadas para personas muy importantes.

Para los ingenuos que se estén poniendo rojos de cólera al leer estas líneas, he de informarles que zonas excepcionales en los cines han existido siempre. En el cine de verano del pueblo de al lado había unas mesitas con sillas blancas de plástico preferibles a las duras butacas de hierro del resto. Todo el mundo se mataba, en sentido figurado, por las sillitas blancas, pero para acceder a ellas había dos únicas soluciones: o llegar muy temprano, cuando el sol aún no se había ocultado, o que algún pringao llegase muy temprano para guardártelas (he tenido más de una discusión con estos vigilantes acaparadores de sillas), pero el caso es que el criterio era, simple y llanamente, llegar el primero. Un criterio simple y, para mi entender - exceptuando la figura del pringao guardasillas - el más justo. Quieres un buen sitio: estupendo, llega antes. Todo cinéfilo ha experimentado la alegría de comprar entradas centradas para las filas 7, 8 o 9 - suelen ser las mejores - porque "Al que madruga, Dios le ayuda" y punto. Pues no, ahora puedo llegar la primera, con varias horas incluso para comprar entradas para un estreno, pero ni Dios podrá ayudarme a conseguir una butaca centradita, a no ser que eche mano del descaro y me siente en una si las veo libres.

Otro término que ha crecido en estos tiempos tanto o más que el de "VIP" es el de "MILEURISTA", persona generalmente joven que gana menos de 1000 € al mes en un trabajo precario con un contrato temporal y que a duras penas puede llegar a fin de mes. Mi pregunta es: ¿Cómo se las arregla un mileurista para ir al cine en estos tiempos? ¿De verdad es justo que una persona más rica llegue y por su dinero sea considerada "más importante" y se siente en las zonas guays del cine? No sé, a mí el más elemental sentido de la justicia me dice que no. Me da la risa amarga al imaginar el estreno de "Titanic", "El señor de los anillos" o "La guerra de las galaxias" en una sala con zona VIP: gente apiñada hasta en la fila primera, dejándose el cuello en el intento por verle el cogote a Gandalf - el de Frodo es más accesible, cosas de ser un hobbit - o cogiendo una tortícolis de miedo por seguir el vuelo de la nave de Anakin Skywalker mientras las filas 7, 8 o 9 están semidesiertas o repletas de gente que ha accedido a pagar más para ver el estreno mientras maldice a la empresa de cines, al sistema o a quien se le cruce en esos momentos.

¿Qué razones existen para reservar una zona en un cine a las personas muy importantes? El dinero, por supuesto, o tal vez un intento de dignificar el cine y equipararlo al teatro, dirán algunos. De todos modos, en el teatro te cobran más por una butaca de patio que por el anfiteatro, y más por una butaca de la zona preferente que por una butaca de patio, ¿por qué no? De todos modos, es una empresa privada y puede hacer lo que le venga en gana... Imagino que sí, para eso está el "bendito" neoliberalismo. Pero no me convence: el cine siempre ha sido un espectáculo más popular que el teatro, más para la gente común, que se va con la familia o los amigos a ver el cine de verano de doble sesión con el bocata de chorizo y unas cervezas para disfutar más de la película. Que el precio de las entradas suba me puede parecer bien o mal, pero que se reserve la mejor parte de la sala para los más ricos, me parece indignante. En fin, la mejor manera para que las salas de cine estén cada día más vacías. Yo, por mi parte, no pienso entrar en ese cine con zona VIP. Esperaré a entrar en otras salas o a que la peli salga en DVD. Cuando el ejemplo cunda y en todas las salas haya una zona para "personas muy importantes", ya veré lo que hago. Mientras tanto, se admiten sugerencias.

27/12/2007 15:58 Autor: galastah. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

CIENTOS, MILES, MILLONES... TODOS

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¿Habéis pensado alguna vez en la relevancia del número 100? Preguntad a un niño pequeño sobre él. Para un niño, el 100 es algo así como el techo de los números. No hay nada más allá de él, y si hay algo, son números mucho más misteriosos e innaccesibles. La prueba tangible de esta importancia la tenemos en los datos que a diario nos llegan en los medios de comunicación. Si a una manifestación o a un concierto asistieron cientos de personas, es para tener en cuenta, aunque sólo fueran 200 que, para ser rigurosos, entra dentro de la consideración de "cientos" y la verdad, supondrían una audiencia escasa en los eventos citados.

Pero si el cien nos parece poco importante, no hay por qué preocuparse: tenemos el 1000. Si un disco o un libro vende miles de copias, son éxito asegurado y entran en todas las listas de ventas y bestsellers por la puerta grande. Miles de espectadores convierten en taquillazo una película o acreditan de sobra una exposición. ¿Y qué me decís de los millones? Millones de personas aseguran la inmortalidad de cualquier evento, acto u obra. Y después de los millones, sólo resta el todo, el 100%.

En los últimos días estoy percibiendo en la tele, y lo que es más grave, en los informativos, una tendencia peligrosa a abusar de absolutos, de miles y tantos por ciento elevadísimos para referirse a un tema tan manido como la Navidad. Y digo "percibiendo" porque es una impresión personal, tal vez sólo una paranoia, pero que me resulta peligrosa por lo que puede suponer por su influencia en la ciudadanía. Ya es Navidad (en el Corte Inglés desde noviembre, creo), o al menos se huele muy cerca, y en los informativos se toma el pulso a la realidad social de maneras muy curiosas: se comenta la previsión de la ocupación hostelera en las próximas fechas, se habla de las multitudinarias y carísimas compras de Navidad, se aconseja a los padres precaución en la adquisición de juguetes para sus hijos... Todo ello muy lícito (o no, ya hablaré de la conveniencia de estas noticias en un informativo unos párrafos más adelante), pero con un abuso de los adjetivos y los numerales absolutos. Fijáos en ello, os va a resultar muy fácil, sobre todo por las fechas que se aproximan. Cada vez se harán más populares las siguientes frases: "Las previsiones hosteleras nos hablan de un incremento de cientos de reservas para las fiestas más importantes del año", "Las cada vez más populares comidas y cenas de empresas se disparan en estas fechas, adelantándose incluso casi un mes a las Navidades por la falta de plazas", "Todo el mundo celebra la popular Nochevieja con alegría y excesos", "Cientos de españoles realizan ya desde hoy sus compras navideñas para evitar prisas de última hora", "Cientos de personas se convocarán esta noche ante la Puerta del Sol para dar la bienvenida al nuevo año", "Este año, los españoles gastaremos X millones de euros en nuestras compras navideñas, aproximadamente X (seguro que cientos) euros por persona", "Un año más se superarán las previsiones y miles de personas llenarán hoteles y salas de fiesta para celebrar la noche más importante del año, que resultará también la más cara, ya que se prevee un gasto de X (cientos) de euros en gastos de cena, vestidos y peluquería" y un largo etcétera capaz de marear a cualquiera.

Todas estas cifras transmiten una abrumadora sensación de totalidad que acaba por empujar a una vorágine de consumismo y gasto a mucha gente, y cuidado que he dicho "mucha", no toda, por supuesto, y a un estado de miseria anímica a muchas otras. Porque si todo el mundo compra bolsas y bolsas de artículos navideños, si todo el mundo coloca en su casa un abeto que más bien parece una sequoya, si todos celebran cenas de empresas, compran centollos para Nochebuena, cena en un hotel carísimo en Nochevieja vestido de gala y peinado por la estilista de Titanic mientras disfruta de cotillón (a saber, música reaggeton y otros insultos a la palabra "música" disfrazados con un gorrito cuya goma durará con suerte tres horas y un collar de hawaina de dudoso gusto) y barra libre, si todos hacen todo esto... ¿Qué pasa con mi modesto plan de Nochevieja? (porque sí, he de decir a los malpensados que sí tengo plan para Nochevieja), estarán los pubs de entrada libre vacios, ¿no?... Pues resulta que no. Resulta que cientos (y ahora sí que es justificado) de personas abarrotan los pubs de entrada libre (o semilibre), por no contar con los miles de personas que, sin ser indigentes, no tendrán centollo en su mesa o no taparán el tronco del árbol con medio catálogo la tienda de juguetes para sus hijos.

No obstante, las cifras mandan, y atan nuestra mente, y nos hacen pensar, aunque sea por un breve instante antes de recuperar la cordura, un efímero segundo, que perteneciendo a esos cientos o miles de los que hablan en los informativos alcanzaríamos la dicha más absoluta. La publicidad - y últimamente también los informativos - juegan con nuestro instinto gregario, nuestro desesperado intento de pertenecer a un grupo, a un todo, y de evitar la exclusión, el maldito ostracismo del diferente, del que se ha quedado sin iguales, sin colectividad a la que pertenecer, así que los mensajes como "Que no te lo cuenten", "¿Te vas a quedar sin él?", "No te quedes fuera", "Siempre hay alguien mirando", "Todo el mundo tiene ya un ... ¿y tú?", "Sé uno de los afortunados que puede presumir de..." calan en todos nosotros, y nos hacen, incluso a nuestro pesar, sonreírnos y felicitarnos cuando hemos adquirido ese popular producto, cuando hemos ido a ver esa peli de la que todos hablan, cuando nos contamos entre todos los que asistieron a tal o cual evento. Esto no es negativo, por supuesto, siempre que sea libre, pero ¿lo es?

De estrategias publicitarias todos sabemos un poco. El problema es cuando los informativos entran en esa dinámica. Estoy de acuerdo con que se cuentan dentro de las tareas de un programa de información exponer cómo se vive en la sociedad unas fechas como son las Navidades. Sobre esto podrían incluso realizar interesantes estudios sociológicos como el cambio de la fiesta religiosa a la fiesta desacralizada que la mayoría vivimos hoy en día, o los hábitos de consumo, y por supuesto, advertir sobre los juguetes peligrosos, pero sin dejar de lado que la realidad no es tan totalitaria y absoluta, que existen márgenes, que no todo el mundo hace lo típico, o lo que ellos han convertido en típico. Deberían ser conscientes de que usando esos datos tan absolutos o difundiendo informaciones en muchos casos sesgadas están no sólo exponiendo una realidad, sino creando esa misma realidad. Me viene a la memoria una anécdota: Hace ya algunos años tuve la desgracia de volver de Madrid a Alicante en el puente de la Constitución y la Purísima. En Chamartín me abordó Televisión Española para preguntarme si iba de puente; les dije que no, que simplemente había estado resolviendo unos asuntos en Madrid y que volvía a casa. Esa entrevista, por fortuna para mí, no se emitió al día siguiente en el telediario, por la simple razón, y esto sí es preocupante, de que no iba de puente. Sólo salen las entrevistas en que la gente habla de sus vacaciones, con lo cual nos da la impresión de que todo, todo el mundo goza de un puente generoso y con vacaciones en la costa. Trasladándonos a la actualidad, me parece vergonzoso padecer más de veinte minutos de información festera y navideña en un informativo (el de Canal 9, concretamente), como igual de vergonzosos serán los informativos llenos de cenas navideñas, regalos y loterías de las fechas que nos esperan, también los de las cadenas públicas. No sólo le tomarán el pulso a la realidad social, sino que se excederán otro año comentando una y otra vez cotarros de todo tipo, con alguna referencia a la Nochebuena en los albergues para pobres para quedar bien o los actos de caridad de los jugadores de la liga regalando juguetes en los hospitales. Esos serán los únicos retazos de dura realidad que salpicarán nuestras fiestas navideñas. Me pregunto, finalmente, si las empresas que ponen de ejemplo en los reportajes pagarán algo en concepto de publicidad, ya que su nombre se difundirá en televisiones públicas que todos (y ahora sí que es válido) pagamos.

09/12/2007 16:02 Autor: galastah. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

EL INICIO

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Aquí comienza mi andadura en el mundo de los blogs, el siete de diciembre de 2007... buena fecha.

El motivo del nacimiento de este blog soy yo misma, y las ideas que desde hace algún tiempo me martillean la cabeza, ideas que me remiten a una realidad de la que es imposible escapar, y a la que ignorar sería lo más cómodo, aunque no lo más comprometido. Por eso he llamado así al blog: "Para que no se duerma mi conciencia", inspirado, como la mayoría ya habrá adivinado, en el título de un álbum del gran Manolo García, "Para que no se duerman mis sentidos". Está muy bien que no se duerman los sentidos que, queramos o no, son nuestro punto de conexión con la realidad, pero que se duerma la conciencia puede ser letal, tal vez no para nosotros, o nuestros cuerpos (porque nuestra mente sí estaría algo muerta), sino para la humanidad en general. Aquí tal vez debería hacer una advertencia: el despertar de nuestras conciencias no va a salvar a  nadie automáticamente (¡ojalá!), pero sólo desde la concienciación se podrá hacer algo. Tal vez no sirva para nada, pero pasar desde luego no nos va a servir. Otro cantautor de los que me gustan asegura que otro mundo es posible. El problema es que a la hora de aplicar esa gran idea, al menos una servidora no sabe por dónde empezar. Tal vez el despertar de las conciencias sea el punto de partida necesario, aunque no suficiente, para conseguirlo y su difusión, la puerta a un contagio deseable y soñado de despertares.

Este blog nace como un espacio para expresar mis propias opiniones sobre algunos temas. No soy especialista en casi nada, y mis ideas tal vez puedan resultar prescindibles a cualquiera, pero yo siento la necesidad de expresarlas y, ¿por qué no? de compartirlas. De todos modos, la mayoría de la gente a la que conozco tampoco son grandes especialistas, sino gente muy corriente, que va a currar cada mañana - a veces refunfuñando cuando la hora es indecentemente temprana -, y cuenta entre sus máximas aspiraciones con hacer estable ese curro, comprar una casa, conseguir una pareja o conservar la que tiene y mejorar el plan para el fin de semana. Pero debe haber algo más, ¿no? En mi caso ese algo más se traduce en las ideas que, como he dicho al principio, me martillean la cabeza cada vez más. Buscaba un medio para hacerlas salir, y resulta que la opción de un blog me ha parecido buena, así que aquí estoy dispuesta a ello.

Cuentan que hubo un hombre que quiso comprar la verdad. Le advirtieron de su altísimo precio, pero insensato, optimista y seguro a partes iguales, declaró que poseía todo el dinero necesario para tal transacción. Pobre desgraciado... Se le demudó el semblante y palideció por completo cuando escuchó el precio, porque no existía dinero que pagara la verdad. El auténtico precio era no volver a gozar de un minuto de paz en toda su vida. Como podéis imaginar, dejó la compra para otro día, tenía que pensárselo... Para todos aquellos que no hemos comprado la verdad, pero que la vislumbramos apenas por el rabillo del ojo, para aquellos a los que no les gusta lo que ven, aunque haya quien intente envolverle la realidad en dorado papel de regalo, este blog.

07/12/2007 12:37 Autor: galastah. Enlace permanente. Hay 1 comentario.


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