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TU CASA ES DONDE TE QUIEREN

La familia.... ¿verdad que resulta increible que algo tan común haya sido últimamente sometida a los más enconados y encendidos debates? Desde sectores cercanos a la Iglesia se asegura que la sociedad actual va directa al caos más absoluto y demencial por culpa de la disgregación de esta sagrada institución que, según el incontestable libro del Génesis, Dios instituyó al principio de los tiempos. Se ensalza la familia como célula básica de la sociedad, irrompible, intachable y fija de por vida. Para ello se propone la familia cristiana como modelo insustituible, ya se sabe: el padre, la madre, los hijos (cuantos más, mejor) y los abuelos (porque eso de que los ancianos se vayan a una residencia limpia, alegre y donde se les atiende divinamente es la mayor de las crueldades). Ésta es la familia cristiana, la única válida, la tradicional, la de toda la vida. Se nos presenta como un acogedor nido de felicidad, repleto de comprensión y cariño. Se tapan, por tanto, tragedias y atrocidades de todo tipo que, aunque nos la intenten dar con queso, sabemos que se producen "hasta en las mejores familias". En contraste con este apacible remanso de paz, se opone la crueldad de los tiempos actuales: familias rotas, niños abandonados, víctimas de las luchas de sus padres y, por supuesto, la mayor de las lacras, esas "uniones raras" como los matrimonios homosexuales o la simple convivencia de una pareja. Visto así, cualquiera se alinearía en las filas de la familia tradicional sin pensarlo un momento, para atajar el caos que se nos avecina.
Pero, por favor, antes de tomar la bayoneta y apuntarse al Foro de la Familia para defender España de la corrupción moral más flagrante, tal vez sea recomendable revisar el concepto de familia. ¿Qué es una familia? Tal vez tras este análisis, llegaríamos a la conclusión de que la familia cristiana es un concepto demasiado cerrado. Yo enfocaré el análisis desde un punto de vista muy sencillo, concretamente desde donde surgió este artículo: una frase de una miniserie.
No sabría concretar cuándo vi "Queen, las raíces", sólo sé que por aquel entonces ni siquiera iba a la Universidad, con lo que puedo asegurar que ha pasado ya un tiempo respetable. Trataba de la vida de una de las antepasadas de Alex Haley, el célebre autor de "Raíces". La miniserie en general me impactó bastante, pero lo que más recuerdo de ella, a pesar del tiempo transcurrido, es la frase que da nombre a este artículo y, por supuesto, el contexto en que la protagonista la pronuncia. Queen es hija de una esclava negra y del hacendado de la plantación de algodón donde trabajaba su madre, algo bastante trágico para aquella época y, sospecho, más común de lo que se pudiera pensar. La niña nacida de esta unión es rechazada por los blancos y por los negros (ya se sabe, no es lo suficientemente blanca, ni lo suficientemente negra) y desde pequeña ha de luchar por encontrar su lugar en el mundo. Es admitida por su padre para que haga compañía a su hija legítima (porque, por supuesto,el padre tenía una hija legítima, que los hacendados sureños eran gente muy cristiana y muy decente, faltaría más), pero desde el principio ha de hacer frente a la animadversión de la esposa legal. Ésta logra que Queen abandone la plantación casi al final de la guerra de Secesión, tras la muerte de su única hija, a la que la joven esclava había acompañado durante gran parte de su infancia y adolescencia. Así comienza un duro y azaroso viaje en busca de un lugar al que pertenecer.
Muchos años después, ya establecida en su hogar definitivo, casada y con dos hijos, de los cuales sólo el segundo es fruto de su matrimonio, Queen recibe la noticia de la muerte de su padre, y se traslada con sus dos hijos a la plantación para acudir a su funeral. Allí todo ha cambiado: la prosperidad de antaño se ha trocado en ruina, y la casa central, otrora magnífica con su escalera de mármol, sus cortinas y su excelente decoración no es más que un lugar frío y triste. Por la escalera de mármol desciende la esposa legal para recibirla: va vestida de negro y presenta un semblante amargado; en la mano lleva una copa. Ha estado bebiendo, ¿para ahogar las penas por la muerte de su esposo? Algo en su actitud y sus palabras nos dicen que no. Arroja a Queen de sus propiedades con malos modos, dejando claro que no pertenece a ese lugar, que nunca ha pertenecido a él. Ella sale de la plantación con sus hijos. Uno de ellos, seguramente extrañado al sentir el contraste entre lo que su madre le relataba sobre esa casa y la cruda realidad, le pregunta "Pero, mamá ¿no es ésta tu casa?" La madre responde entonces firmemente "No, hijo, tu casa es donde te quieren".
Creo que es una premisa tan clara que nadie le pondría objeciones. El ser humano lucha siempre por sentirse querido, y toda la psicología nos dice que un niño sólo será feliz si se encuentra rodeado de afecto. Sería absurdo suponer que sólo una familia que se ajuste a los cánones eclesiásticos es capaz de crear ese ambiente de afecto. Es más, la experiencia nos dice todo lo contrario: a lo largo de años, de siglos, tras la fachada de muchas honorables e irreprochables familias cristianas se ocultaba todo un tormento de desamor, de indiferencia, de maltrato, de sometimiento. Desengañémonos: el ser humano tiene las mismas pasiones hoy que en el pasado. También en el pasado ha existido el desamor, los matrimonios desgastados por el tiempo, los maltratadores... Todo lo que de verdad desgasta a la familia es muy viejo, pero hasta ahora se mantenía oculto. Hasta hace bien poco se sonreía de puertas hacia afuera a pesar de las ganas de llorar o de huir, se maquillaban hematomas delatores, pasiones prohibidas e inclinaciones que todavía algunos siguen considerando enfermizas. Tras esta reflexión, ¿qué debemos pensar que teme la Iglesia, los ataques a la familia o el descubrimiento de la podredumbre interna de tantos y tantos sepulcros blanqueados?
Yo apoyo a la familia, por supuesto. Me parece que es uno de los pilares más efectivos del ser humano, y a menudo su única fuente de cariño. Pero por eso mismo apoyo a las familias en que sus lazos únicamente son los del afecto, no los de las convenciones humanas (que no divinas) o los de la firma antes del convite en el salón de bodas.
Recientemente he leído un artículo en el País Semanal sobre la sociedad de Islandia. Es un país que registra unas altas tasas de divorcio, y unos niveles todavía más altos de felicidad y optimismo de sus pobladores. Paradójico, ¿verdad? Muchas de las familias islandesas están compuestas por un complejo mosaico de hijos de varias relaciones y, sin embargo, el engranaje funciona. Según algunos testimonios que leí, los islandeses prefieren abandonar una relación cuando no funciona que obligarse a la tortura de permanecer atados para siempre. ¿Y los niños? En Islandia se cuida enormemente de ellos: aunque los padres estén separados, los niños cuentan con la seguridad total del afecto de toda su familia, no estarán solos ni abandonados, y generalmente se llega a la custodia compartida, por lo que a los chavales jamás le faltará ni su madre, ni su padre. Ya sé que suena a utopía, pero parece confirmar lo que he defendido a lo largo de este artículo: Que el amor, y sólo el amor, es lo que importa en la familia. Que la verdadera familia es aquella que es capaz de transmitir afecto a sus miembros. En definitiva, que es capaz de cumplir con el que es, al fin y al cabo, su propósito originario.
