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EN LA CIUDAD DE LOS MUERTOS

No podían creer que aquello pudiera estar pasando de verdad. Ésa fue la reacción generalizada de los alumnos que visualizaron "Las tortugas también vuelan". No les culpo: aunque yo no dudé de la autenticidad de los hechos que se relatan en la película, comprendo que es difícil aceptar que la realidad pueda llegar a ser tan cruda y despiadada.
"Las tortugas también vuelan" es una película del kurdo Bahman Ghobadi que se alzó con la Concha de Oro del último festival de cine de San Sebastián. Narra la vida diaria de unos niños kurdo-irakíes en un campo de refugiados de la frontera turca. Las condiciones de vida son duras y lamentables, y para "ganarse la vida" estos pequeños se dedican a desenterrar minas antipersona (creo que se entiende porqué he puesto lo de ganarse la vida entre comillas) que después venden o cambian en el mercado negro de las armas. Muchos de ellos están gravemente mutilados: a Pasheo le falta una pierna; a Hangao, los dos brazos. Pero ni la situación de penuria en la que viven ni sus deficiencias físicas les impiden jugar, demostrar auténtica alegría o sentir los primeros amores adolescentes. El mayor exponente de este optimismo es Satélite, un muchacho experto en instalación de antenas de televisión que intenta mantener informadas a las gentes del campo de refugiados de la tensa situación internacional. Satélite es el líder de los chavales del campo en su recogida diaria de minas antipersona y quien habla con los jefes del campo con un desparpajo que pone la nota de humor al film. Sus intentos de conquistar el amor de Astrin resultan enternecedores (las miradas de embobamiento que le lanza a la muchacha son de fábula).
Sin embargo, una historia ambientada en las semanas previas a la invasión americana de Irak, en un clima de expectación permanente por parte de un pueblo perdedor (los kurdos fueron perseguidos con saña por Sadam Hussein) no puede ser optimista. Al contrario, resulta de una crudeza escalofriante. Astrin es el rostro de la tragedia: llega al campamento tras huir del pueblo en que mataron a sus padres. Va acompañada de dos niños, Hangao y Rega, a los que parece unirla una relación fraterna. Hangao carece de brazos, Rega está ciego. Conforme se suceden los acontecimientos, nos enteramos del oscuro secreto de Astrin: Rega no es su hermano, sino su hijo, fruto de la violación de un soldado irakí. Entonces se comprende... su mirada cargada de tristeza, su comportamiento hosco, su rechazo a Satélite, los intentos reiterados de abandonar a Rega, sus fantasías de suicidio, y el terrible deselance de su historia.
Mi personaje favorito, Hangao. Su entereza a toda prueba lo convierte en el héroe de la pelicula. Hangao no tiene brazos, pero con una habilidad única y un valor que no dudaríamos en catalogar de temeridad, desentierra minas antipersona con la boca. Además, posee el don de la premonición, y sus premoniciones le llegan en apocalípticas visiones. Yo no imagino peor maldición que ver el futuro en su situación. Como un trasunto de la mítica Casandra, Hangao ve un terrible y desesperanzador porvenir que no puede cambiar (al igual que la desgraciada hija de Príamo veía la caída de su amada Troya sin poder hacer nada por impedirlo). Su valor y su determinación de seguir hacia adelante resultan estremecedores.
A pesar de las terribles verdades que cuenta, la película es hermosa. Los paisajes son muy bellos: el campo de refugiados jalonado de armas herrumbrosas, los cielos nublados, las desoladas llanuras... introducen al espectador en un ambiente casi onírico, de una melancolía muy acorde con los hechos relatados. Cabe destacar también la actuación de los niños, que no son actores profesionales, sino auténticos habitantes del pueblo en que se rodó, kurdos, realmente mutilados, huérfanos. Tal vez por ello sean capaces de transmitir esa tristeza tan honda en sus miradas.
La película permaneció en mi memoria varios días después de verla, transmitiéndome interrogantes incómodos, cuestiones a las que no sé encontrar respuesta. Por ejemplo, ¿Qué tiene Occidente qué decir a esto? ¿Podríamos juzgar tranquila y cómodamente las motivaciones de estos niños desde nuestros planteamientos acomodaticios y en demasiadas ocasiones claramente dogmáticos? La última escena es tal vez la mejor respuesta: Los americanos "salvadores" llegan al campo de refugiados y Satélite, que antes los idolatraba, se aleja sumido en un silencio amargo y desengañado.
Mientras veía la película, recordé una canción de Ismael Serrano en la que me he basado para poner título a este artículo. Tal vez la recordé porque hace referencia al mundo árabe, tal vez porque en situaciones tan extremas como las que este film relata, existir y morir no son conceptos tan enfrentados como podría parecer, porque muchos vivos quizá ya estén muertos.
LA CIUDAD DE LOS MUERTOS
(ISMAEL SERRANO)
En la ciudad de los muertos, donde crecen amapolas,
las mujeres tienden ropa sobre lápidas sin nombres,
los niños entre las tumbas juegan a salvar sus vidas
y se esconden de otros niños, del hambre o de escuadrones.
La ciudad de los muertos ya de mañana agoniza
y no hay quien les represente en las Naciones Unidas.
En todas las ciudades se habita un cementerio
donde se exilian los muertos.
En la ciudad de los muertos no se para el autobús,
cuando la parca se duerma el muerto cenará sin luz.
Un muerto que tirita porque allí siempre es invierno,
te ofrece un cigarrillo, te invita a su mausoleo.
Nadie les tiene en cuenta en el plan nacional,
ni al hacer las estadísticas del Banco Mundial.
En la ciudad de los muertos talaron todos los sauces,
es terreno edificable.
La ciudad de los muertos está rebosando vida
y óxido todas las puertas, la alambrada que lo cerca.
El latido de los muertos ha cruzado la autopista
y está acechando tu casa, quiere sentarse en tu mesa.
Los muertos tan vivos habitarán los palacios,
las calles y ministerios, y los Fondos Monetarios.
De carne y luz de otros tiempos vistieron sus esqueletos,
cansados ya de estar muertos,
de habitar tu cementerio.
"LA MÁSCARA DE LA MUERTE ROJA", UN CUENTO SOCIAL

Leí por primera vez "La máscara de la muerte roja" en un libro de historias de Edgar Alan Poe que me prestó mi profesora de inglés de 1º BUP. El libro, por supuesto, era en inglés, y no contenía la versión original del cuento, sino una especie de adaptación para principiantes. El relato que más me gustó fue, sin lugar a dudas, éste, y fue además el único que quedó en mi memoria. El libro lo dejé cuando estaba leyendo "El misterio de la casa Usher". Me cansé de buscar en el diccionario inglés-español palabras desconocidas a cada párrafo, y además, el librito tenía unas ilustraciones que daban bastante canguelo. He de admitir que nunca he tolerado bien demasiadas historias de terror seguidas.
Sin embargo, "La máscara de la muerte roja" me fascinó, a pesar del incordio que supone leer en inglés y de las ilustraciones góticas que me ponían de los nervios. Poco después, volví a encontrarme con el relato donde menos podía haberlo sospechado... en una canción de Eros Ramazzotti. Para el que no se lo crea, que eche un vistazo a la letra de "Carta al futuro" y luego me cuente.
CARTA AL FUTURO
Eros Ramazzotti
Ésta es una vieja historia que
Se contaba mucho tiempo atrás
Es una vieja historia
Pero algo te dirá
Eran tiempos de oscuridad
Cuando empezaba a soplar
El maldito viento
De una horrible enfermedad
Fué así
Que el príncipe pensó
Encerrarse en su castillo
Con amigos de verdad
Fué así como pensó
Quedarse dentro sin salir
Hasta que cesara ya
Todo aquel miedo
Y toda aquella oscuridad
En el castillo habìa alegría
Y se estaba en buena compañía
No faltó comida
Y danzaban sin parar
No podía nadie imaginar
Que pudiese algún día llegar
El maldito viento
Que les alcanzó al final
Te escribo a ti
Estas cosas que
Son de un pasado que parece no pasar
Todo esto te escribí
A ti que pronto nacerás
Y no se que sucederá
Si este viento habrá abandonado la ciudad...
Yo no sé que mundo encontrarás
Pero en mi deseo tú serás
Hijo de una nueva y más justa humanidad.
Cantaba aquella canción como si estuviera contando un cuento, y salía de mí fluida, pues esa historia había pasado a formar parte de mí, sencillamente me encantaba. Años después, fue una de las historias que escogí para contarle a mis alumnos en uno de esos días tontos de finales de trimestre, y para proponer a partir de ella un juego de cadena de cuentos de esos que acaban en una sarta de disparates por la transmisión de boca en boca.
Cuando tras hacer un cursillo de cuentacuentos, tuve que hacer mi debut como narradora oral, en seguida pensé en "La máscara de la muerte roja" para contar a mi auditorio. Al final conté otro, porque había niños, pero en su preparación escribí un análisis del relato en el que me percaté de sus afinidades con la ideología bajomedieval que inspirabab las danzas de la muerte, la muerte niveladora, que se lleva tanto al rey como al campesino.
Me sorprendió que los personajes del príncipe Próspero y sus amigos no son tratados con benevolencia en el relato, no llegan a caer bien al lector. Se los caracteriza con mucha ambigüedad, con una adjetivación desconcertante, combinando los adjetivos positivos con otros que pueden tener una lectura diferente y peyorativa.
- Próspero: feliz, intrépido, sagaz, excéntrico, majestuoso, amor poro lo extraño, gustos singulares, planes audaces y ardientes, ¿loco?, osado, robusto, enloquecido por la rabia y la vergüenza de su momentánea cobardía.
- Amigos de Próspero: robustos, desaprensivos, frenética concurrencia.
- Disfraces (aprobados por el príncipe): grotescos, brillantes, esplendorosos, picantes, fantasmagóricos, figuras de arabesco, incongruentes, fantasías delirantes como las que aman los maníacos, hermosos, extraños, licenciosos, terribles, repelentes, "una multitud de sueños", asamblea de fantasmas, mascarada desenfrenada.
Este aspecto del relato me sorprendió desde la primera ocasión en que lo leí, y siempre me pregunté por el motivo de este tratamiento de los "buenos". Tal vez un fragmento del texto lo explique: "Con precauciones semejantes, los cortesanos podían desafiar al contagio. Que el mundo exterior se las arreglara por su cuenta; entretanto, era locura afligirse o meditar. El príncipe había reunido todo lo necesario para los placeres. Había bufones, improvisadores, bailarines y músicos; había hermosura y vino. Todo eso y la seguridad estaban del lado de adentro. Afuera estaba la Muerte Roja". ¿Es tal vez ese Carpe Diem, esa indiferencia ante el horror de la enfermedad y la desgracia del prójimo lo que Allan Poe castiga con esta adjetivación ambigua y poco amable?
La impresión que el relato da al lector es de que tanto el príncipe como sus amigos escapan de la Muerte Roja por los privilegios de su extracción social, y tras leer los detalles de la fortificación tras la que se ocultan, nace junto al inicial sentimiento de alivio, una vaga sensación de injusticia, que se va acrecentando poco a poco. Hay algo muy sórdido en la manera en que Próspero y sus amigos escapan de la epidemia, de la horrible plaga que asola el país. Son un club de escogidos que, gracias a sus riquezas, se entregan a todos los placeres y escapan del horror, dejando fuera a todos los desdichados que no gozan de la amistad del príncipe. Resulta desalentadora la frase ya mencionada: "Que el mundo se las arreglara por su cuenta; entretanto, era locura afligirse o meditar"
De esta manera, el príncipe, cuyo deber es velar por el bienestar de su pueblo, buscar una solución a la plaga o intentar poner a sus súbditos a salvo, los abandona y se entrega al placer de su búnker personal con sus amigos. Es robusto, intrépido y sagaz, pero no usa ninguna de sus cualidades en el bien común, sino en su propio y egoísta beneficio. Y, por supuesto, no actúa como un abnegado héroe.
A mi entender, la irrupción de la Muerte Roja en la fiesta es una especie de elemento "nivelador", como se solía representar en las danzas de la muerte medievales: del rey al mendigo, todos eran iguales ante la gran niveladora. La Muerte Roja logra imponer la terrible justicia al final del cuento, y aunque cause terror o desaliento, en el fondo, el lector agradece esta justicia, el hecho de que los ricos, los poderosos, los que se sienten por encima del resto, no se salgan finalmente con la suya.
Por estas razones, "La máscara de la muerte roja" me parece un cuento social, uno de esos que contaría un campesino junto a la lumbre en las noches de invierno, teniendo como único remedio a su miseria la venganza y la justicia de la Gran Niveladora.
